El porqué Robin debía acabar con Ted y no con Barney, y otras sabias decisiones de tu yo interior
Hace pocos días que volví a la terrible adicción de tragarme sin piedad una de las series que más me ha hecho reír en mis años de universitaria curiosa: Como conocí a vuestra madre.
Para los que no la conozcáis o no hayáis tenido la ocasión o el impulso de ver este entretenido material audiovisual os haré un breve resumen: Padre cuenta historia a sus hijos (obvio); ÉL, chico tierno, majo e incluso en ocasiones inocente, se enamora de ELLA, chica atractiva, inteligente e independiente (típico tópico).
Entre idas y venidas, relaciones que vienen, separaciones que van, ella acaba enamorada del mejor amigo de nuestro ÉL: chico malo, pasota, mujeriego, irrespetuoso pero con el toque gracioso (¿alguien ha dicho tu ex?). Ah, olvidaba que también era de esos que prometen cambiar (o que juran y perjuran que ya lo han hecho).
Nuestro ÉL, acaba conociendo a la dulce madre de sus retoños (como veis el título de la serie nos hace el mayor spoiler de todos los tiempos).
Y FIN.
Pero yo me pregunto, Robin (llamemos a ELLA Robin)… ¿Qué estás haciendo? ¿Por qué buscar la autodestrucción de tu increíble persona? ¿Por qué echarlo todo a perder, hasta tus principios, por un tipo que los abandonó hace tiempo?
A Robin también podemos llamarla Irene. O podemos llamarla Laura. O María, Elena, Lourdes o Carla. Para ella tengo un sin fin de nombres, a cual mejor.
Porque todos esos nombres han compartido con ELLA esa capacidad de autodestrucción sentimental en algún momento de sus vidas.
Todas esas ELLAS han caído en la trampa irracional de crear una dependencia psico-afectiva con un amigo del ÉL (llamemos a este individuo Barney). Algo así como una adicción.
¿Conocemos el término adicción?
Dependencia de sustancias o actividades nocivas para la salud o el equilibrio psíquico.
¿Os suena? Claro que sí.
El problema de las adicciones es que en la mayor parte de las ocasiones poseen un componente orgánico. Algo así como un sistema de recompensas, a nivel bioquímico. Algo difícil de manejar. Mucho más de controlar.
Pero ELLAS no deben perder la esperanza: las mujeres somos seres racionales. Tenemos a SUPERYO (es decir, nuestra capacidad de raciocinio, no me gusta llamarle SUPERYO ya que me recuerda a cierto médico neurólogo y teorizador extremadamente misógino).
Gracias a Raci (raciocinio para los que no son tan amigos) las Robins, Irenes, Lauras y Elenas del mundo tienen la resiliencia suficiente para pasarle por encima a 150.000 Barneys.
Sus Barneys pueden dormir tranquilos, ya que no acabarán solos… finalizarán sus vidas con la horma de sus zapato; aquellas mujeres fuertes que puedan acabar con sus principios misóginos a golpe de carácter. Al fin y al cabo, el síndrome de Peter Pan no es eterno como el famoso niño volador.
Y ELLAS al final se acabarán reencontrando con ÉL (llamémosle Ted). Viviendo felices y comiendo perdices. Solo era necesario volver a darle al play y terminar la serie.
