Éramos las hijas del fuego. Y como tales, danzábamos con las sombras
mientras dejábamos atrás parte de los placeres mundanos que un día, de
aquellos que vivimos sin rumbo, fueron nuestro mayor tesoro.
Nos gustaba el juego. Quizás también el azar, y odiábamos al destino.
Tirábamos los dados del juego de la vida una y otra vez, sin darnos
cuenta que quizás, el juego había acabado hacía ya demasiados años.
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