El otro día me sorprendió en el tejado, era uno de esos días en los que te gusta pensar sola, sentir la brisa en la cara, o como yo diría en estas épocas, ese olor a navidad prematura.
En cierto modo, me asustó, no me lo esperaba. ¿No os ha pasado nunca? Que algo llegue por sorpresa y te impacte tanto que no sepas como reaccionar...
A continuación, se sentó a mi lado, tranquila y observándome.
¡MIRAD! a mi que me observen me da igual, bueno no, bueno si, vale... No, no me da igual.
Me pone muy muy nerviosa. Y era mi gata.
Osea, era alguien con quien comparto mis días, que vive en mi casa, que me saluda cada mañana, que duerme conmigo... ¡ Hasta se ducha conmigo!
Y me puso nerviosa. Así, sin más.
Pero en el fondo la echo de menos. Aunque no se lo diga todos los días. Aunque no la vea todos los días. Aunque me ponga nerviosa. Me gusta que me observe, que me acompañe, que maulle todo lo que quiera a mi lado, que yo la escucho. Aunque la pobre nunca va a poder entenderlo...
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